sábado, 9 de febrero de 2013





CAPÍTULO CUARTO
 


                             Para hablar con la imaginación
                             se necesita mandar a la mente,
                             y juntar la línea y la dimensión
                             entre tu mundo y el que está presente.
                            
                                                                                   Lía





             El autor del cuadro es el pintor, "JOSE ÁNGEL RUIZ GONZÁLEZ" 
            Es la representación en pintura de una de las montañas del Anapurna.
             Elegí, precisamente este porque me pareció que allí , en en la cima de esa montaña, seguro, seguro que la línea y la dimensión del mundo, están presentes.


  



                                            El trabajo, los amigos y la diversión
         Así cerró Lis una etapa de su vida y abrió otra, abrió otra etapa, pero cerró su corazón, a todo lo que no fuera de este mundo, Y un poco también cerró su imaginación. Ya no se le ocurrían cosas lindas y llegó a la conclusión de que para escribirlas feas y heladas, ni siquiera tendría que haber ocasión.
         Así se dedicó a su trabajo, a sus amigos y también a la diversión, que antes ya practicaba, pero ahora tenía que tomar una nueva dimensión.
         Lis no se amilanó, y trató por todos los medios de no perder, con el mundo, la comunicación. Se dedicó a comprar cosas que no sabía muy bien para qué servían, pero así entretenía su pensamiento y su imaginación. Siempre había en su casa un objeto que era digno de admiración, y hacia él dirigía Lis sus miradas, cuando del trabajo llegaba y ya tenía poca opción. Ese objeto era el teléfono... Si Blas llamaba... Si Blas se acordaba... Pero al pronto esos pensamientos los desechaba, porque sino, la reñía su amigo el sol. A la calle se iba a pasear, a mirar o a sabe Dios que. El caso es que siempre se encontraba algo, o a alguien con quien poder pasar esas horas, que antes, pasaban en un “tris”, y ahora no parecían terminar.
         Un día, cuando llegó a casa, estaba encendida la  luz del contestador. No supo por qué , pero el caso es que se echó a temblar, y casi no acertaba a escuchar. ¡Era un mensaje de Blas!. ¡Había llamado!. ¡Y la quería ver!. Pero al momento se volvió a cabrear:
         ¿Por qué Blas llamaba cuando sabía que ella no iba a estar?. Se fue cabreando cada vez más, hasta que su amigo el sol le guiñó un ojo y le dijo:
         _Pero te llamó... Coge el mensaje y vete con él. No le chilles, ni le armes bronca, ni dejes que te la arme él. Pero arregla lo que liasteis, porque si no, no te vas a desprender de su recuerdo, ni de él.
         Lis frunció el entrecejo y se dijo:
         _Pero ¿cómo mi amigo sabe de máquinas, teléfonos y mensajes?.
         Lo pensó un par de veces, vio una luz amarilla en su nariz y se volvió a decir:
         _Mi amigo el sol sabe de todo.
         Así y todo, miró de reojo a su amigo, pero obedeció. Se arregló, se pintó, vistió sus mejores galas (tampoco es que tuviera muchas, pero...sabía usar las que tenía) y al encuentro de Blas se dirigió.
         Y ¡Menudo encuentro!. Ni hola se dijeron. Ninguno de los dos habló. Lis pasó revista a lo que se veía de Blas, y ni pío. Más de cuatro cosas no le gustaron, pero se las aguantó, Y más de cuatro cosas se le ocurrieron para decirle, pero dentro muy dentro las encerró, no se fuera a enterar el sol, y según era de indiscreto, a Blas, se las dijera y más y mejor.
         El encuentro pasó sin pena ni gloria. ¿Ustedes saben cuál puede ser el encuentro de dos amigos, que en un mes no se ven?. Pues éste fue lo mismo, con los saludos de rigor; unos vinos y amén.
         Lis marchó para casa más cabreada todavía. Ella pensaba que aquello ni funcionaba ni funcionaría. Se pasó la noche pensando en como aquello se arreglaría, si es que se podía arreglar, porque ya, ni se lo creía.
         A la mañana siguiente se levantó y marchó a trabajar, y ahí que a media mañana, se le ocurrió llamar a Blas. Con mucha cautela Lis cogió el recado y por la tarde, cuando acabó su trabajo, tenía la intención de ir a reunirse con Blas en el sitio anteriormente acordado. Pero se llevó una sorpresa, más que una sorpresa, un susto. Blas estaba esperándola en el sitio de costumbre; donde la esperaba antes de tener el gran disgusto.
         Le dio un beso, y las cosas se retomaron como si no hubiera pasado un mes de cabreos  y acabaran de estar juntos.
         De todos modos, con el beso, a Lis ya casi se le había olvidado. Aquel día, acabó con un paseo romántico, por la orilla de aquel río que tenía aquel puente tan grande, que a Lis se le antojaba como el techo del cielo cuando estaba, con su amor, debajo.
         El paseo acabó con una flor que Blas cogió de una jardinera y que a Lis le pareció la más bonita de aquella primavera. Y que por cierto, también en todo aquel tiempo, Blas no le había regalado ninguna. ¡Aquella era la primera!.
         Aquella primavera pasó muy deprisa. Lis vivía en una nube que nunca se enfriaba, porque de vez en cuando le mandaba recados al sol con su amigo el gorrión, para que cuidara y acunara su nube. Y su amigo el sol le enviaba con un rayo su contestación. Lis sabía coger los rayos que le enviaba el sol, y tenía más de mil en su corazón.
         Aquí voy a hacer un inciso y me voy a dirigir a mi amiga.
         No sé si tú sabes coger los rayos del sol, pero si no lo sabes, prueba, y verás como desde entonces la vida tiene mil y más de una razón, para ver los problemas pasar y quedarte con esa razón mermada, pero nunca, nunca, podrán quitarte la ilusión.
         ¿Qué cómo se cogen los rayos del sol?. Se cogen al vuelo. Te asomas a la ventana y le guiñas un ojo al sol. Entonces verás volar al gorrión, al aire salir detrás, a la flor entusiasmada colorear. Despertará la mariposa y te dirá: ¡Vente conmigo a soñar!. Entonces el sol te prestará sus gafas, y con él debajo del brazo, con la mariposa, despierta, soñarás.
         Si haces esto, y te acostumbras, querida amiga, serás como Lis, que vivió una vida feliz, con problemas y alegrías, pero sobre todo con una imaginación, que le sirvió de coraza contra las malas artes del mundo, y que gracias a ella, jamás, jamás, nadie, nunca pudo arrancarle la ilusión que le pusieron al nacer, y que acabó siendo su mayor poder.
         Pero sigue leyendo, porque la vida de Lis dio mucho de sí, y una cosa es la que está aquí escrita, y otra muy distinta, la que se puede componer con otras cuatro ideas más y un montón de imaginación, se puede novelar la 2ª parte de la vida de Lis.
         Yo termino ésta, que sería la 1ª. ¿Por qué no escribes tú esa 2ª, y me la envías en otra ocasión?.
         Así seguimos escribiendo, contemplando a Lis con su ajetreada vida y lo que de su parte estaba poniendo. Blas tenía la vida más estudiada y por eso, las sorpresas las ponía Lis, que cuando le parecía, con una llegaba.
         Y hablando de estudiar. Blas trabajaba y estudiaba. ¡Y lo que estudiaba!. En teoría también debía de estudiar Lis, pero solo era en teoría, porque en la práctica, Lis soñaba. Ya estudiaba Blas. Y Lis creía que con eso, llegaba.
         Corría por entonces el mes de abril, de aquella primavera distinta, en la que a Lis no le importaba ni el trabajo lejos, ni las horas de sueño, ni los madrugones previos, ni el llegar tarde, ni el ir y venir de lejos, si al final Blas la esperaba y la llevaba a aquellos sitios de ensueño, donde se veía el aire, se oía el gorrión, suspiraba la camelia y en su oído, sonaba un ¡te quiero!, como puede sonar en una cálida noche, el canto del ruiseñor.
         Sonreían por entonces las flores, que eran amigas de Blas, y desde sus jardineras y jardines, algunas le ofrecían, con mil amores, un regalo para Lis, que al punto las recogía, y con un abrazo y un beso, que no se acababa nunca, a Blas le agradecía el detalle, mientras una rosa se reía, y contemplando el espectáculo, les ofrecía un guiño amable.
         Así empezaba el paseo. En una mano la flor y la otra de la de Blas. Las calles de la ciudad, a Lis, le parecían veredas donde la hierba y las flores eran testigos de sus amores, y de vez en cuando, confundía la luz de las farolas con los rayos de su amigo el sol, y el viento con el halo que deja con su vuelo , al pasar, una paloma.
         Y hablando de palomas. Lis tenía palomas y palomas, que de vez en cuando cogía entre sus manos, y susurrándole al oído, le volaba a Blas algún mensaje, que la paloma transmitía íntegro y se volvía subida en su espléndido carruaje.
         Empezaba ya a salir el sol, y cuando podían, se iban a su playa. Una playa que tenía un paseo largo, tan largo, que nunca se acababa. Ya al atardecer, por allí, por aquel paseo se decían su amor, sus cosas bonitas, que luego Lis pintaba, como idilio que pinta el pintor, cuando en una pareja se ve que canta el amor.
        
                         UN CLAVEL
 

                        Si te suena un cascabel
                        y ves a un gorrión volar,
                        ¿por qué no pueden soñar
                        las puntillas del clavel?.

                        Amor desprende el laurel
                        mirando para el azahar,
                        que huele en su imaginar
                        igual que huele la miel.

                        Y así con su amor juntitos
                        clavel e imaginación,
                        sueñan lugares bonitos.

                        Construir una mansión
                        donde el aire esté clarito,
                        y que arrope su ilusión.

         Ese paseo terminaba en una cala pequeña. Una roca allá al final, dibujaba lindos arabescos, con huecos que había construido el mar, donde Lis y Blas se escondían para que a su amor ni le vieran. Ni le pudieran tocar.
         Alguna vez, les sorprendieron las estrellas, que en su largo caminar, descubrían su escondite, y con su luz, más bien, a molestar.
         Lis las miraba cabreada, y ellas, guiños le hacían al pasar, prometiendo envolver aquel amor, que ya para entonces, estaba a punto de su sueño realizar.
         Blas era su amor y lo sabía, y también lo sabía explotar. Lis se empezaba a dar cuenta de por aquella, que el amor, también tenía una manera más material. De esa manera, se encargaba Blas. Y también era bonito por algún rato despertar en sus brazos, y que te pusiera coger, besar y abrazar.
         Pero... Y como siempre hay un pero en la vida que entorpece la labor; también entre Lis y Blas llegó el tropiezo, que otra vez puso a tambalear su amor.
         Una noche y por el paseo lindo de la playa, se montó una bronca monumental, donde se llamaron de todo, e incluso, los insultos llegaron a aflorar.
         Lis se fue para casa sola, sin despedirse de Blas, con un amigo que la llevó, porque hasta pena, le debió de dar.
         Hasta el portal de su casa le fue llamando de todo lo que pudo, lo habido y lo que ya no se podía llamar.
         Entró en casa de un portazo y al amigo, lo dejó en la escalera, sin más.
         Los amigos de Lis, ya mucho no se extrañaban, pero aquella vez pensaron que la cosa era seria y hasta podía degenerar.
         Del portazo que pegó, se despertó el personal y hubo bronca colectiva  para todos y, para alguien más , si se quería apuntar.
         Esa noche Lis no cenó, se fue a la cama sin pestañear. Cerró la puerta y la ventana para que nadie, nadie se pudiera colar.
         La puerta cerrada,  para que no la molestaran, porque siempre había alguien que te venía a aconsejar. Y ¡para consejos estaba Lis!. ¡Con la puerta le podía dar!.
         La ventana. Se aseguró de que la persiana estuviera corrida, sin un resquicio, nada de nada. Por si su amigo el sol, llegaba de madrugada a prestarle ayuda, a secar sus lágrimas, a colorear su carita y hasta a prestarle sus gafas.
         No quería ver a nadie, pero a nadie de nada.
         Se pasó la noche en blanco, tratando de entender el por qué habían reñido, el por qué se habían peleado. Reconoció que ella había sido la peor, la que más se cabreó, la que más se peleó y hasta la que más insultó. ¡Era “buena” Lis cabreada!. Pero seguro, seguro que algo dijo Blas, o más bien algo hizo, que pilló a Lis en otro mundo, y de repente, tuvo que aterrizar. Por seguro que la culpa la tenía toda Blas. Luego volvía a pensar y a recapitular y... bueno, alguna, una poquita, podía tener ella, pero ¡era tan poca!, que por eso nadie se podía enfadar. Se pasó la noche pensando en...
1-     ¿por qué se estropeó su paseo, su playa y hasta negra se puso la arena del mar?
2-     ¿Por qué ese día no vieron juntos la luz de la estrella que todos los días acunaba sus besos y envolvía sus abrazos con un papel de plata lisa que parecía brillar?
3-     ¿Por qué no vieron agarraditos,  la luz de la última farola, bailar en el agua del mar?
4-     ¿Por qué no saltó la sirena que todos los días les enseñaba su hogar?.
5-     Por qué se arrugó la arena, y se puso cortante como el filo de un cristal?
6-     ¿Por qué Lis se quedó sin palabras bonitas. Aquellas palabras que dejaban a Blas un poco perplejo y “aturrullao”?. ¿Y para más allá?.
7-     ¿Y por qué hasta la luz del faro se puso al revés y miraba para atrás?.
         Saben ustedes cuántos ¿Por qués? Pensó Lis aquella noche, pues miles y cientos de miles y los volvía a pensar, una y otra vez. Y lo malo es que siempre encontraba la misma respuesta, y la culpa siempre, siempre la tenía Blas.
         De madrugada llegó su amigo el sol. Una estrella le había soplado el tamaño “revolcón” que había llevado su amiga, y en un momento se plantó en su ventana con rayos, consejos y calor a montón.
         Llamó en su ventana y no obtuvo contestación. Arañó su persiana y Lis le mandó un bofetón. Puso en la esquina de su cama a su lindo gorrión, y Lis, testaruda, tapó los oídos y le dio un pisotón.
         El sol no se amilanó. Le hizo cosquillas al aire para que el aire calmara su sofocón. Puso rocío en la rosa, para que la rosa limpiara su decepción. Puso perfume en su mano, para que su mano le hiciera una invitación. Y por fin, puso cariño en sus labios, para que sus labios entonaran una canción.
         Y cuando Lis se dio cuenta, estaban sus labios silbando, silbando las notas de aquella canción que le cantaba su amigo el gorrión.
         Se levantó deprisa y a trompicones, abrió la ventana, de un manotazo subió la persiana y se encontró con la cara sonriente de su buen amigo el sol, que estaba esperándola, parapetado tras de una nube, no le fuera a caer un buen chaparrón.
         Lis estaba cansada de llorar y llorar, así que al ver a su amigo, casi, casi respiró. Empezó a llorar otra vez y el sol la dejó un ratito, y luego la llamo al orden y le dijo:
         _¿A qué viene eso de tanto llorar?. Me vas a secar el rayo que para tu carita encargué al marchar.
         _Te esperan tus amigos: La estrella, la sirena, el gorrión y hasta la arena del mar. Por si lo has pensado y quieres mandarle un recado a Blas.
         Lis se tranquilizó. El sol le limpió las lágrimas, le secó la cara y le prestó sus gafas. Así Lis se puso a pensar en lo que podría decirle a Blas. Asomada a la ventana y con el aire detrás, ideó unas cuantas historias, que con un beso de amor, se las envió a Blas envueltas en ese papel de seda que le buscaba la sirena, en un arca que tenía en el fondo del mar.
         Pero aquel día, le falló el sistema y Blas no recibió el recado. O si lo recibió, no le hizo ningún caso.
         Lis se cabreó y le echó la culpa al sol y al viento:
         1º Al sol, porque no calentó la mano de Blas.
         2º Al viento porque no supo llegar a tiempo.
         Así que les dijo un par de “lindezas”, por las que también se enfadó el viento, que se puso a resoplar y el pelo de Lis quedó tieso en un momento.
         El sol tuvo que contemporizar y poner a los dos firmes rápidamente, porque el carácter de Lis, solo lo domaba el sol, y para ello tenía que emplearse a fondo, utilizar sus rayos y atarle el pensamiento.
         Al ratito, y ya un poco más tranquila, se empezó a poner triste, porque ya veía que el asunto era serio. Se pusieron a pensar, Lis, el sol y el viento, en como podrían solucionar lo que mala solución tenía, al menos de momento.
         Así, pensando y pensando, no encontraron solución, porque a Blas no se le ablandaba el pensamiento. Y ya vieron que iba para largo, porque Blas, no entendía mucho eso de los sentimientos.
         Los amigos de Lis se encogieron.
         El sol dejó de lucir y se apoyó en la nube, que con sus bolitas de nieve, calmaba la sed que le producía el ver sufrir a su amiga, que abandonó la estrella que envolvía su amor, porque su amor en un “plis”, había volado como una centella.
         Al viento se le olvidó soplar, como soplaba él, cuando el aire le decía:
         _”Despéjame el camino hasta el mar abierto”.
         La nube empezó a llorar porque ya no hacía falta brillar; y además había que tapar al sol, porque par lo que había que lucir, mejor era nublar.
         A Lis y a Blas les extrañó la estrella, les extrañó la roca, les extrañó la arena, y también les echó en falta la sirena, que se pasaba el atardecer dormida, esperando que en el agua resonara un poema.
         Poema que Lis tenía en el alma, pero que le sonaba poco sincero, porque cuando el alma está triste; ni con cascabeles suena el pandero.
         Así y todo Lis no dio por finalizado su amor y lo siguió intentando, pero ahora dejaría pasar un tiempo. Pondría en orden sus cosas, y también ordenaría su pensamiento. Le haría caso al sol, disfrutaría de cada momento, y si el momento era feliz, mejor, porque la felicidad tampoco borra los lamentos.
         Desayunó, se arregló, se despidió de sus amigos y les encargó que vigilaran a Blas, que lo cuidaran, no fuera a ser que todo quedara en papel, y el papel con el agua se esfumara.
         Ella no quería que Blas fuera su amigo, y mucho menos su enemigo. Ella quería que fuera lo que tenía que ser, y eso, se lo encargaba al sol, a la nube, al lucero y a la estrella; al agua del mar, al azul del neón y a la sirena, para que vigilaran a Blas, no se fuera a  liar con alguna de las que solía encontrar, y luego otra vez a volver a empezar.
         Lis prometió no verlo, ni dirigirle la palabra en todo el tiempo que durara lo que ella iba a ordenar. Pero también encargó a sus amigos que lo vigilaran, no se fuera ni un pelo a pasar, y luego hubiera que poner puntos donde no había “ies”, y todo se fuera a desmoronar.
         Lis tardó, pero se empezó a animar. Y cuando uno se anima, la poesía, tarde o temprano suele llegar, como llega la brisa que, tarde o temprano acaricia el agua del mar.

QUERER  AL MOMENTO

 


            La brisa llamó al mar
            por si `podía ordenar el sentimiento,
            el sentir del juglar,
             juntaba  a Lis y al viento,
   juntaba a Lis y al viento,
            y los ponía a querer; en un momento.

                                                  Lía
















viernes, 1 de febrero de 2013



             


                                  CAPÍTULO TERCERO






                                           Se acabó ya la niñez
                                           Y el gorrión quiso soñar,
                                           Y también quiso volar
                                            Para el mundo poder ver.

                                                                     Lía


                                    












 Llegó a su destino el sol,
y dio vida a aquel lugar.
                                                         
   Cuando  Lis llegó a su destino, allí la esperaba Blas, que estaba un poco mohino, por aquello de “otra vez a trabajar”.
   Pero el primer momento, nadie se lo robó. Lis llegaba algo cansada, pero con la mente puesta en un montón de palabras, acertijos y decires, de los que no dijo ni pio, porque al ver a Blas, todo se le olvidó; aunque  algo allá lejos, le decía: “No lo olvides, que luego se lo dirás”.
   Se fundieron en un abrazo de los de colección y con un largo beso, casi se dijeron: ¡hola! Y ¡Adiós!.No hubo más palabras por el medio, pero a Lis aquello le parecía una larga conversación, en la que contó todo lo que le pasó en el verano, y le pasaron cosas a montón, pero más bien lo contó su imaginación.
   Por esto, ya para Lis, tenía motivos la vida; la vida y el vivir. Aunque luego tuviera líos y que trabajar para subsistir
   Las cosas no empezaron bien aquel año y, Lis se tuvo que trasladar, cambió de lugar y de pueblo y dejó a su Blas en la capital. Ella se fue a trabajar a un barrio de mala fama y peores hechos, donde los compañeros (eso sí), la cuidaban fenomenal.
   Cuando Lis cambió de lugar, Blas y ella recorrieron varios sitios, y de recorrido, en recorrido, trataron de aprovechar lo bonito de cada sitio, para amarse, para quererse y también, otras veces para pasear. Al final, visto lo visto, aquello, tampoco estuvo tan mal.
   Y es que cuando el amor florece, hasta la hierba la miras y se pone a canturrear. Eso le pasaba a Lis, que se llevaba por delante al mundo, aunque al mundo lo moviera un huracán.
   Cuando su trabajo se definió, entendió lis que en aquel lugar y en aquella gente, tenía que despertar, aquello que ella llevaba consigo, que era el gran arte del ¡imaginar!.
   Era gente de un barrio, de un barrio de la capital, donde el dinero precisamente constituía una gran necesidad.
   Su trabajo allí fue duro, pero alegre, porque para la mayoría, aquello era una novedad.
   Lis desplegó sus artes, pero no llegó mucho más allá. Los problemas eran muchos y, ni siquiera, el arte del novelar curó penas ocultas y pasiones que la vida se encargaba de, allí, amontonar.
   Pero aunque trabajó duro, no por ello cesaba de volver y volverlo a intentar.
   Pasaba allí todo el día y, cuando las cosas le salían mal; se imaginaba … en un estanque, con la rana y su croar, con el musgo y con su verde y con el agua y su mirar. Luego se acordaba de Blas… y allí se acababa el imaginar.
   A veces lo veía tan clarito, que mentira le parecía que a distancia lo contemplara así, así de bonito.
   Entonces también hablaba con él y ya empezaba a preparar el encuentro que horas después tendría lugar, a la orilla de aquel río grande, grande, como grande es el sentir del mar.
   Aquel paisaje era bucólico, aquel paseo, casi del Renacimiento, donde Lis hablaba y hablaba y le contaba a su amor Blas, que era como el viento, los avatares habidos, y sobre todo, el poquito más que le quería, su vida en aquel momento.
   En aquel paseo, también discutían. Lis era muy rebelde y cabezuda, y podían en ella los sentimientos, con una sensibilidad que se hería, a poquito que se le cambiara el aire a Blas. Era como si cambiara de lugar el viento. Pero luego, también tenía otra virtud y era la de olvidar el problema que había originado el arrebatamiento.
   Y aunque Lis todavía no lo había pensado, esa rebeldía le iba a ocasionar muchos problemas; los primeros con Blas, que en aquello del mandar, tenía puestos muchos de sus pensamientos.
   Aquellos eran momentos felices, cuando al fin de la discusión y muy agarraditos, paseaban su amor por aquellas calles, por encima del puente. Se decían cosas bonitas, por aquellos bares antiguos y con algún vino enfrente.
   Llegaban así a casa de Lis, donde se imponía la despedida, pero una despedida alegre, porque al otro día con el sol, volvería a vivir horas y horas que para Blas eran normales, pero para ella eran, una parte, su sentir, y la otra parte, el sentir del sentimiento.
   Así que con un abrazo largo… y unos cuantos besos, lis le decía adiós a Blas. Y entre arrumaco y arrumaco, le encargaba que se fuera “pianito” para casa, no fuera a ser que se tropezara con algún otro ¿pensamiento?..
   Lis no era muy celosa, pero tenía un punto en su sentimiento, que si se le atravesaba, luego no podía sacarlo, y aquella espina producía roces y resentimientos.
   Blas se iba y lis subía la escalera pensando que estaba en otro universo. Giraba la llave en la cerradura y, hasta era capaz de a la cerradura darle un beso, si la puerta se le abría sin atascos , aunque en aquellos momentos, le hubieran parecido hasta buenos consejos.
   Disparada, se iba a la ventana de su cuarto, donde la esperaban todos sus amigos, que le limpiaban el polvo y la llenaban de buenas ideas, y le decían cosas bien lindas, y la ponían guapa y tersa para que reluciera como reluce el sol en sus mejores momentos. Luego a cenar y a dormir con su imaginación desplegada por completo. Por almohada tenía Lis la nube, que le quitaba el sudor de los malos momentos. Por colchón tenía Lis el mar, que la paseaba por los países del firmamento. Se tapaba con el sol, que calentaba sus horas de vela. Y enfrente de esta maravilla, Lis contaba por miles, a todos sus pequeños luceros, que iluminaban sus ojos, y hacían descansar sus muchos anhelos.
   Así llegaba la mañana y otra vez a trabajar. Y otra vez iba a soñar con la mente feliz, que le habían preparado, sus amigos con las farolas del firmamento.
   En su trabajo había fiestas, que lis y Blas utilizaban para descansar y pasear su amor por una playa cercana, donde se oía cantar el aire y con el siseo del mar, sonaba una caracola, que Blas le acercaba para decirle al oído:
   _¡Ni ella, ni cien como ella!. Escucha el sonido, e imagínate en el campo y en el centro de más de mil amapolas
   Lis se quedaba abobada y su imaginación soñaba con aquel sitio de amapolas, por entre las que, casi casi, de verdad, revoloteaba.
   Así pasaban los días y también pasaban los meses. Y entre día y día, también bajaban a la tierra y, a la discoteca iban.. Entre baile y baile, Blas aprovechaba para cosas más terrenales, que también necesitaba Lis, pero que no se atrevía a manifestarlas. Ahora que cuando se atrevía, para rato había, y entonces sobraba todo, hasta incluso, la misma y santa poesía.
   También iban al cine, cuando se podía, porque los duros costaban caros, y no siempre se tenían.
   No había filas preferidas. Lis y Blas no ocultaban su amor ni a oscuras, ni con luz, ni a medias tintas. Pero en el cine más de una bronca tenían, porque la película pasaba, y Blas, a lo suyo, y claro, Lis de nada se enteraba.
   Algunas veces le decía
    Quita pesado, que eres un pesado.
   A lo que Blas contestaba:
   _El pesado que a ti te gusta.
   Y con un beso y un pellizco, ya a lis, la película se le acababa y comenzaba ella la suya, que en la tierra no tenía sitio para contarla, porque contar lo que ella se imaginaba, era largo, largo… tan largo como el agua que nace en el manantial, se la lleva la corriente, y acaba mecida en los brazos del ancho mar.
   También de vez en cuando, se juntaban o se encontraban con los amigos.
   Los amigos de Lis, un poco se extrañaban de que aquella relación progresara, porque Lis era la mar de “¿rara?”, y poca, muy poca gente la entendía, porque ella no dejaba entender su alma, que guardaba celosa para él que fuera capaz, de sacarla de aquel estuche bonito, donde el raso se aterciopelaba.
   Blas no llegó nunca a tanto, pero fue el que a Lis más le gustaba. Y como lis era de” prontos”, su pronto más serio fue Blas, y por eso, los amigos, de cuando en cuando se le enfadaban.
   Aquí Lis nos cuenta una anécdota que tuvo con uno de sus amigos:
   Tuvo un día una “enganchada” con un amigo, porque el amigo quería ser algo más que amigo, y a Lis, no le gustaba.
   Otro día se peleó con Blas y salió con otro amigo. Fueron de paseo, de vinos, de copas y a bailar, lejos, bien lejos, donde no se encontraran con nadie que conocieran, ni siquiera con un mal vecino. Lis estaba enfadada, ausente y fastidiada; y hasta trataba mal al amigo que no tenía culpa de nada. Tanto se hartó el amigo, que protestó y con razón. Y medio mustio le dijo así de sopetón:
   _O sea; hace que nos conocemos…, y ni siquiera un agarrón, ni un mal beso, ni nada que te rozara, ni con, ni sin intención. Y ahora llega éste (a Blas le llamó “este”) y al día siguiente, agarraditos de la mano, y claro, otras cosas habrá por el medio; cosas que ni por el forro se parecen a la intención.
   Lis salió de golpe de su cabreo, abrió la boca, la volvió a cerrar y miró a su amigo como si viniera del más allá.
   _Primero: No se llama “éste…”. Se llama Blas y es tu amigo.
   _ Segundo: Yo tengo con él una más que amistad. Y si quieres conservar la tuya, ya puedes ponerte ahora mismo a …
   Aquí se le pasó un poco la furia a Lis y trató de explicarle a su amigo que una cosa era la amistad; ; esa amistad bonita que tenían los dos desde unos años atrás, y otra cosa era el cariño, cariño sin más, que sentía por su amigo Blas.
   Aquí Lis empezó a darle a la cabeza y a imaginar, cosas y más cosas bonitas, de lo que para ella era el cariño y la amistad, y a separar los dos conceptos, con paciencia y sinceridad.
   Lis decía y le explicaba a su amigo:
   _Mira: La Amistad es una conquista que sale del corazón, que te la ponen delante y, hasta un poquito, en ella, influye la razón.
   Y a continuación le colocó esta poesía sin premiso ni remisión:
                            
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        

                                LA VIDA Y LA AMISTAD

                             La vida es una conquista
                             y la conquista amistad,
                             y la amistad es bonita
                             si la amistad es verdad.

   El amigo de Lis ya la conocía, por eso no se extrañó mucho. Pero no conocía su faceta artística, así que se asombró lo suficiente como para no volver a hablar.
   _El Cariño, es algo más fuerte, algo más poderoso, que ni manda ni ordena, ni construye puentes. No hay puente que pueda mandar al sentimiento, pero si alguno existe, ese es El Amor, que en un “pis pas”, pone lindo el pensamiento y lo pone a florecer, y hasta le manda recados al viento.
   Y a renglón seguido, le largó otra poesía:


                         LA BRISA Y EL MAR        
 
                             La brisa mandó al soñar
                             y el soñar fue en un vaivén,
                             y el vaivén se encontró al mar
                             y a hablar se quedó con él.

   Lis habló y habló largo rato, hasta que se dio cuenta que su amigo la observaba, callado y también llevaba así un buen rato. Entonces, ella le preguntó:
   _¿Te parece?. Me dirás algo. ¿No?. ¿Estás enfadado?.
   El amigo miró a Lis y le dijo:
   _Te parece que después de ..., pero bueno, vamos a dejarlo... No lo entenderías.
   Y así acabó la velada. Sirvió para ¿explicar?, o ¿despistar? Más al amigo. Pero Lis se durmió esa noche, un poquito más tranquila.
   Una semana duró la pelea. Durante la cual, Blas no la iba a buscar, no la esperaba, no se interesaba por ella, no paseaban su amor, no discutían y no se veían de ninguna manera. A Lis se le cabreó la cabeza un día y a punto estuvo de poner fin a aquello que había nacido bonito, pero que por entonces y dadas las circunstancias, se le antojaba una mala coincidencia.
   Lis rompió fotos, rompió cartas y las tiró, igual que se tira algo que finalizó y no sirve y hasta piensas: ¡Parece que nunca sirvió!.
   Se cabreó, lo pasó mal y buscó refugio. Y se refugió en su piso, en su trabajo y sus amigos; pero,,, sus amigos, eran los amigos de Blas y claro, cuando los veía, algunas veces, veía también a Blas y, curiosamente, le solían pasar dos cosas:
   _1 Se cabreaba y no lo miraba. Se dedicaba a coquetear con los demás amigos, que no salían de su asombro al contemplar las zalamerías de Lis, y los cabreos de Blas. Porque alguno de ellos, también se dejaba querer, un poquito demás.
   De todas las maneras, como Lis y Blas eran una pareja un tanto especial, a los amigos, no les extrañaba mucho, estas escenas fuera de lugar.
   _2 Se dedicaba a coquetear directamente con Blas. Blas era tozudo y tenía un mal aguante, y al final acababan tirándose los trastes y más enfadados que antes.
   Lis se iba para casa, (¡se pueden imaginar!) acordándose de todos los santos, renegando de su mala suerte y jurándose a si misma, que no lo volvería a intentar. Y cuando Lis prometía algo, lo cumplía; y esta vez lo cumplió. Y pasó una temporada larga en la que solo se veían de pasada y hasta se hablaban como si de viejos amigos se tratara.
   A Lis le costó un buen disgusto y casi, casi, una “enfermedad”. En su casa no se le podía hablar, el trabajo le interesaba poco y se había acabado aquello del imaginar. Hasta tal punto que, “alguien” se dio cuenta del resbalón en el que se había metido y pretendió darle un consejo. ¡ Para consejos estaba ella!. Pero aún así se lo dio:
   _¿Por qué no lo arreglas?. Tan lista que fuiste para verlo, ¿por qué no lo arreglas ahora para quererlo?.
   Lis lo puso pingando, le dijo de todo lo imaginable, (y Lis imaginaba... ya saben ustedes) pero también retorcido, cuando las palabras le sonaban a poco amables.
   Pero aquello la puso a pensar dos cosas:
   1_ Si llega Blas a imaginarse, ni tan siquiera a imaginarse,  quien le dio el consejo, ¡la que se hubiera armado!, así que mejor era “ni menearlo”, no fueran a pasar cosas mayores, mejor, ni pensarlo.
   2_ ¿Por qué no se podía intentar otra vez?. A Lis aquello de que fuera ella la que lo intentara, le traía sin cuidado. ¡Buena era ella para esas cosas!, y encima tenía gente detrás que le decía:
   _¡Ánimo y adelante!.
   Y ya conocen ustedes un poco a Lis. Iba para allá como una “bala”, aunque tropezara veinte veces y se volviera con la cabeza agachada. Luego siempre tenía un hombro donde llorar, si las cosas no salían como ella las planeaba.
   De aquella, Lis lo intentó varias veces, porque Blas no cedía ni un ápice del terreno que se había marcado. Blas era muy cuadriculado, y también estaba acostumbrado a sentirse el “jefe” de no se qué “cosa”, de la gente que tenía a menudo a su lado; así que él no iba a poner de su parte nada, que pudiera arreglar , nada, nada.
   Lis lo intentó y lo intentó, hasta que un buen día se hartó, y le dijo:
   _Es la última vez que te lo digo, y la última vez que lo hago. Lis se refería a , más que darle, robarle un beso, porque así se sentía cuando lo hacía; como un cascabel que sonaba a pobre y a viejo.
   A partir de aquí, te dedicas a “otra” que te aguante.
   Lis sabía que había otras, y hasta sabía a lo que se dedicaban. Pero nunca lo dijo hasta ese día. Y lo dijo por fastidiar. Porque tampoco iba a quedar de tonta, como “la tonta del pueblo”, que para eso lis, tenía su orgullo. Ella pertenecía a una cultura distinta, y también tenía una forma distinta de mirar más hacia el futuro, aunque el futuro fuera incierto y, de momento, no tuviera, o tuviera poca verdad..
   _Yo ya te aguanté bastante. Todavía no ha nacido el niño bonito que me traiga a mí de cabeza, y tú, no vas a ser ese...Y a partir de ahí, le echó una bronca monumental.
   Blas, yo creo que no daba crédito a lo que veía y oía. Tan parado se quedó, que se quedó hasta helado. No dijo nada. ¡Para qué!. Se tomó su tiempo... Y su tiempo fue largo, largo... Tan largo
que Lis entendió que aquello que hubo un día, ya no significaba nada; y lo que no significa se acaba, y si se acaba, terminó.
   Lo pasó muy mal. Se le nubló la mente. Escribía cosas frías, tan frías que parecían escarcha. Se le apagaba el sentir, y veía que algo se estaba poniendo oscuro, y lo que se oscurece, se rompe y se deshilacha y acaba por no volver a reir.
   Por entonces, Lis escribía así:
                            
                             El frío inunda el sentir
                             cuando el sentir está helado,
                             el vivir tan apagado
                             que apaga el gris del dormir

   Vio también que su ilusión estaba a punto de desaparecer y se tambaleaba el pedestal que había creado para Blas. Lis lo había construido con fuerte y duro mármol; pero hasta el mármol       se agrieta, y se puede romper. Y si se rompe, se hace trocitos, y los trocitos pueden llegar a hacer heridas en eso que Lis había llamado su gran querer.
   Pero Lis no estaba dispuesta a que se le muriera el sentir. Era demasiado joven para ver la vida al revés, y después de llorar y llorar muchos días, se levantó una mañana de domingo. Se sentó frente a la ventana de su cuarto, miró para el sol, y se imaginó que le estaba hablando.
   ¿Y qué le decía?...
   El sol miraba para Lis, y le guiñaba sus ojos, le secaba sus mejillas, y hasta le prestaba sus gafas (porque Lis pensaba que el sol tenía gafas). Le llamaba “llorona” y así conversaban, como si se tratara de un amigo , o una amiga, o mejor de “su señora”. Lis siempre tuvo en su imaginación una “señora”, que nunca supo muy bien quien era, pero que le resultaba familiar, y además también le ayudaba, de vez en cuando a resolver sus problemas.
   _No llores por alguien que no te sabe querer. (Le decía su amigo el sol). Por alguien que no cuida tu sentir y poco cuida de tu ser.
   Lis se enfureció, se cabreó y se peleó con el sol. El sol era su mejor amigo, pero Blas era su gran querer, y el sol estaba diciendo cosas que a ella no le sonaban extrañas, pero que no las quería ni oir, ni ver.
   El sol siguió y siguió diciendo mil cosas; cosas que Lis iba tirando y tirando al cajón. Pero de repente, Lis escuchó algo bonito, o se imaginó que el sol estaba lindo, y de aquella forma, no podía decir cosas feas. Y el sol no decía cosas feas; estaba pintando con otros colores la vida de Lis. Estaba derritiendo la escarcha que ella había acumulado, y estaba desatascando los canales de su imaginación, para que volviera a mirar al cielo, para que se hiciera amiga del aire, para que viera volar al gorrión, para que olvidara todos sus recelos y para que a la vida le volviera a poner, esa chispa y esa ilusión.
   Lis se quedó embobada mirando al sol. Se secó su cara, se abrieron sus ojos y sonrió su corazón.
   También le dio las gracias, le devolvió sus gafas, y le mandó con el sol un recado a su amigo el gorrión para que cuidara de Blas, y le dijera que en su hacer con él, nunca puso ni una pizca de mala intención.
   Eso lo sabían el sol y Lis, pero ya tenía más dudas de que lo entendiera Blas. De todos modos, tampoco se lo pensaba explicar, porque una cosa era lo que sentía Lis, y otra muy distinta, lo que pudiera pensar Blas.
   Así y todo, el gorrión cumplió su cometido, y le llevó un largo pensamiento a Blas, que si lo leía despacito, se entendía a la perfección, que Lis estaba dispuesta a seguir su camino junto a él, pero no a consentir “caprichos”, que por mal que le pareciera, en ocasiones, se portaba como el enfado de un niño.
   Resumido, el gorrión le dejó este mensaje:


                   EL AVISO DEL MAR


                Se cierra una puerta y una ilusión
               Y otra ilusión nueva pides al mar,
               Y el mar te envía aviso con el gorrión
               Que lindo te lo transcribe el juglar.