domingo, 3 de marzo de 2013






CAPÍTULO SEXTO
 



                        El cielo y el mar se unieron
                        y formaron un volcán,
                        y el volcán quedó chiquito
                        al lado del ancho mar.

                                                    Lía













                        Una historia más real
            Esta parte de la historia de Lis que vas a leer, es lo más sosegado que pudo vivir. Por llamar sosegado a algo en su vida.
            Fue un encuentro entre ella y la vida real, en el que se sucedieron los acontecimientos. Acontecimientos del mundo, que no la dejaban pensar y que la traían de un lado para otro, porque decían que había mucho que organizar.
            Iba larga la primavera y el mes de mayo sonaba ya, con sus cantos y sus flores despertaba el alma, incluso del que no quería oir, y por aquel entonces, incluso Blas le mandó un mensaje con el gorrión. O al menos eso le pareció a Lis, que un día se encontró en el buzón una rosa roja, pintada en un papel de color que hablaba del cielo y del mar, y de aquel amor que sentía en su interior y que aunque se separara esa línea, él nunca separaría de su carita, con un beso, su amor.
            A Lis le dio la impresión de que soñaba, o veía visiones, o fantasmas, porque viniendo de Blas, aquello era mucho, pero que mucho telar.
            Abrió los ojos y los cerró, miró para arriba y los bajó. Volvió a mirar y se encontró con una mirada distinta. Era su amigo El Sol , que con una cara divertida la miraba y con sorna, le comentaba:
            _¿no decías que no oía y que no sabía soñar?. Hasta la mente más dura, alguna vez también se puede enamorar.
            Lis nunca tuvo muy claro quien le había mandado aquella nota. Para ella que a Blas se la había soplado la sirena del mar y eso sí, con mucho cariño, se la había dejado.
            Mayo pasó volando y entre pájaros y flores, Lis se apañaba para llevarle a Blas cada día, con un beso, un puñado de ilusiones.
            Sus amigos estaban contentos, los de allá arriba y los de aquí abajo. Los de allá arriba veían a su amiga feliz y alborozada (porque eso sí, Lis no cambiaría nunca nada), Le peinaban el pelo, le pintaban la cara, le brillaban los ojos; el sol daba aliento a su alma y por la noche, la luna y los luceros la arropaban, mientras las nubes se peleaban por poner blandita y hueca su almohada.
            Los pájaros buscaban prendedores, que dejaban en su ventana y las flores le sonreían y con un ramo, su olor le acercaban y le acariciaban.
            Cuando Blas veía por la tarde a Lis, toda ella reflejaba, y con un tropel de sensaciones encontradas, se abrazaban los dos, fuerte, muy fuerte, tanto, que Blas no se soltaba.
            Los amigos de aquí, y sobre todo el amigo del alma, estaban felices de ver como su pareja se iba consolidando. No entendían mucho aquella unión y de vez en cuando preguntaban:
            _¿Seguro que os queréis?. ¿Seguro que todo no va a acabar en nada?.
            Y Lis con un sonoro beso, le decía a Blas:
            _Estos no se enteran de nada.
            De fiesta en fiesta pasaba mayo. Ya el sol le había prometida a Lis que iba a preparar su mar y su playa. Y en aquel rinconcito de siempre, acababan los dos, con el amor reflejado en su mirada.
            En sus días libres y cuando el trabajo ya se acababa, iban a visitar su rincón, allí donde estaba su roca y su amor, que su caracola guardaba.
            Tenía una alfombra de arena, una arena suave, fina y soleada, que marcaba su paseo y con gracía dejaba puestas allí sus pisadas. Y daban largos paseos, ya al atardecer, cuando el sol no quemaba. Cogidos por la cintura y juntas, muy juntas sus manos, Lis veía como se juntaban el cielo y el mar y como el sol en su puesta los abrazaba. Y se lo decía a Blas que un poco más prosaico se dedicaba a “otras cosas” que a mirar al mar, porque tenía delante a su amor, encarnado en una joven e inocente muchacha.
            La sirena del mar, cuando los veía tan enamorados, saltaba y saltaba, dejando una estela de espuma que con su cola brillante, dejaba pegadita a su cara. El sol se negaba a marchar y la luna quería entrar en el espectáculo. Y entre el sol y la luna, Lis y Blas con su amor se columpiaban.
            Lis había hecho en su imaginación un columpio para Blas, con la luna en su espalda. Miles de estrellas sujetaban las cuerdas y ella, muy gentil lo empujaba. Suave, suave como el aire y firme como el viento que en aquella tarea también le ayudaba.
            Para Lis, Blas era algo así como un rey, un rey con corona plateada, sentado en un trono poderoso, con el sol y la luna de capa y espada y con un collar luminoso compuesto por luceros, a los que le ponían colores las hadas.
            Cuando se cansaban de pasear por el rincón de su playa, se sentaban en el hueco de su roca donde a la luz de la luna se miraban, y donde las nubes recogían su última emoción y con un suspiro, se bajaban poniendo hueco su algodón por si un ratito allí ¿descansaban?.
            Después Blas acompañaba a Lis a su casa y otra vez se juraban amor eterno, y a Lis, le parecía que aquello era el cielo y ella un ángel que volaba.
            Y llegaba a casa contenta y saltando. Los suyos la veían feliz y pensaban en aquella niña que ya se les escapaba. Pero sonreían y cuidaban su vivir, aunque de vez en cuando la miraban tristes y desconfiaban.
            Lis nunca entendió por qué la miraban tristes y mucho menos por qué desconfiaban, hasta que pasado el tiempo, el tiempo supo en que consistía aquella desconfianza.
            Después de cenar con su familia, le decía adiós a su padre y con un sonoro beso, un hasta luego a su madre. Se iba a su habitación, arropaba a “ita”, le contaba su ilusión, alguna que otra preocupación (pocas porque en aquella época, Lis casi no tenía preocupaciones) y cuando “Ita” le contestaba, le colocaba su almohadón y le decía con un beso, hasta mañana.
            Luego se metía en su cama, esperaba a su mami que siempre venía a verla, le daba otro beso y despacito y con mimo la arropaba. A Lis entonces le parecía que su habitación era un lindo país, su madre era la reina y ella una princesa de cuento que dormida esperaba el beso de aquel príncipe azul que tenía como capa el sol y como espada la luna, para defender su amor a través de los confines del universo que se juntó con la nada.
            A continuación se dormía, colocaba la cabeza en su almohadón, las nubes enredaban en su pelo, los luceros le cantaban su canción y las estrellas la volaban por paraísos sin fin, hasta que encontraban durmiendo a Blas y entonces, la dejaban a su lado despacito para que le susurrara al oído, bajito, un largo ¡te quiero!, sin molestar.
            Después dejaba a las estrellas cuidando de Blas y ella, a lomos de su alazán volaba libre por el universo saludando a estrellas, luceros, sirenas y algún que otro planeta que le traía mensajes del sol para cuando la luna, de nuevo se fuera.
            Todo esto y más soñaba Lis hasta que despertaba de golpe por la mañana, porque siempre despertaba de golpe. Su amigo el sol lo hacía a traición y ella día tras día, decía que no se lo perdonaba.
            “Ita” (no sé si les dije que “Ita” era el diminutivo de Margarita, que son las flores que adornaban el pensamiento de Lis), también le metía prisas, tenía que ahuecarle su almohadón, atusarla y dejarla colocada. ¿Y lo guapa que su amita la dejaba?.
            El gorrión y el ruiseñor le habían dejado el prendedor en la ventana. Se duchaba con las nubes, el sol le pintaba la cara, las estrellas le ponían un traje brillante, los luceros le brillaban los ojos y una rosa, con el viento, le mandaba su amigo del alma.
            Abría su bolso, lo llenaba de historias viejas y de nuevos cuentos, metía en él su rayo de sol y a trabajar se marchaba, no sin antes darle un beso grande a “Ita” y encargarle que nada de lo que allí había, se estropeara.
            Y así un día y otro día y casi pasaba mayo. Las rosas ya florecían, blancas, rojas y amarillas y las de color salmón, que era el color de su alma. En los jardines olía el azahar y las abejas de rama en rama, probaban aquel néctar sabroso que la naturaleza les ponía delante en forma de una bonita palma.
            Las mariposas dejaban las hojas y con sus vestidos en forma de alas, cruzaban el aire veloces y de vez en cuando, en las mejillas de Lis se posaban.
            Por la orilla del río y en aquel puente tan grande, Lis enseñaba a Blas como eran los tulipanes, como se parecían a un cofre donde guardaban lo que nadie podría nunca, nunca quitarles.
            Lis le decía a Blas:
            _Tú y yo somos algo así como ellos; un cofre cuyo interior nadie podrá destaparlo.
            De todo aquello, Blas entendía lo que quería y el resto lo practicaba, que ante el arrobamiento de Lis, un poco también se asustaba.
            De repente, Blas con más sentido común, bajaba a la tierra y con un beso, le llamaba un ¡tonta! Cariñoso, que Lis le agradecía en el alma.
            Así fue llegando junio y se plantearon la boda, la boda más bonita del año. Cada día era más difícil estar separados. Cada día era más difícil marchar y esperar, para verse, horas y horas interminables.
            Blas no tenía alma de sacrificio y Lis estaba educada en el seno de una familia conservadora, en la que una cosa era imaginar, y otra poner realidad a lo que se imaginaba.
            Cuando Lis hablaba de irse con Blas. Su madre nada decía, pero triste muy triste la miraba. Su padre, cambiaba de tema y cabizbajo se marchaba. Sus hermanos, que en la vida de Lis mucho contaban, se ponían histéricos y era con los que más se cabreaba.
            Así que sin pensarlo mucho más, se plantearon la boda, que en principio iba a ser sencilla, pero que al final tuvo su correspondiente parafernalia.
            Aquel verano, como los anteriores, lo pasaron separados. Lis en su casa con sus gentes y Blas en la suya y como medio de comunicación, las cartas.
            Empezaron a organizar la boda y a Lis se le acabaron los sueños. Ya casi no tenía tiempo, ni de soñar, ni de nada.
            Más de una vez pensó en dejarlo todo y volver a su vida ideal de antes, peo siempre había algo a el mismo Blas, que se lo impedía con alguna llamada o alguna carta, o sus amigos los de allá arriba, que le decían:
            _¡Anda boba!, ¿qué vas a hacer tú sin el Blas de tu alma?.
            Así que otra vez recogía velas y a preparar toda la parafernalia.
            Lis siempre recordará aquel verano en el que preparó su “ajuar”. Mejor dicho, se lo prepararon. Ante ella vio pasar bordados, puntillas y manteles, lencería fina y otras cosas que nunca se imaginó que pudiera tener su hogar. Era como si allí, se hubiera trasladado la feria de Sevilla.
            A su casa llegaron cosas que ella creía que llegaban del cielo, porque nunca había visto antes semejante esmero. En su casa se cosían manteles, sábanas de todas formas y colorines, que luego, no sabía muy bien quien, alguien bordaba con unas flores preciosas y unas letras como las de ella y Blas, quedaban estampadas en la tela con una luz primorosa.
            Lis pensaba que debía ser alguien que estaba cerca del sol, porque ¿cómo si no el sol le prestaba sus hilos?. Pero también vivía con las flores, porque ¿dónde se podían juntar tantos colorines?. Y aquellos bordados: ¿Quién los hacía?.
            Aquel verano, en su casa se afanaban las manos para comprar y coser y vestir su nuevo hogar. Estaba alucinada, no sabía que para irse a vivir con Blas, hicieran falta tantas cosas. Y así poco a poco se fue animando, y un día por la mañana, en su ventana se posó un gorrión que traía una aguja en el pico. Sin decir nada, la miró, puso la aguja entre sus dedos, le hizo un pio pio y voló, voló lejos muy lejos. Lis entendió que aquello era para ella, y con la aguja que le había dejado su amigo el gorrión, cosió algunas cosillas que iba a estrenar el día de su boda con Blas. También hizo “pinitos” con los bordados y con las puntillas, pero esos se le resistían, no quedaban como los demás. Años más tarde sabría de donde salieron aquellos bordados, en realidad. Y claro que estaban hachos cerca del sol y sus hilos, y hasta cerca de más allá. Lo que pasa es que Lis era una ingenua y, sencilla como la que más.
            Un día, mirando un bordado de aquello que parecía una flor de verdad, se imaginó a Blas tapado con él y casi se rió; porque no creía ella que Blas hubiera visto cosa igual, ni siquiera por casualidad.
            Pero se paró a mirar la flor bordada y una especie de imán le levantó la vista, y a otro flor real se fue. Enfrente un clavel le sonreía y con una carita ingenua como la suya, le decía:
            _Ponte a escribirle, mándale una sonrisa y dile que tu amigo el clavel te ayudó. Tú pones el querer y la sonrisa, y yo pongo la miel.
            Y así mismo empezó Lis a soñar y a querer... ¿A quién? ¿Se pueden imaginar...?

                                                    soñar y querer
 

                                  
                                                                        Cuando sientas por tu tierra pasar
        el aire que lleva a su lado el viento,
        piensa que envuelto guarda un sentimiento
       que solo en ti va a poder descansar.

        Ese aire el gorrión te lo va a silbar
        con una sonrisa que suena a cuento,
        que la bordó la flor en un momento
        y se la encargó el clavel al juglar.

       Y para que suene linda y bonita
       y la recojas al amanecer,
      ¿estás viendo lejos una esquinita?.

       El gorrión se puede en ella esconder
      por si entre el clavel y la margarita,
                                                          te arropan con tu sentir de mujer.

            Así pasó el mes de julio entre bordados, flores, familia y amigos. Lis y Blas no se vieron en todo el mes, pero Lis tenía un montón de cartas de Blas que las leía de día y las repasaba de noche. Se las contaba a “Ita”, que orgullosa se ahuecaba en sus encajes. Un día, mejor dicho, una noche, estaba Lis tan ensimismada leyendo su carta a “Ita”, que extendió un brazo para contarle mejor lo que decía Blas, No vio exactamente donde estaba “Ita” y le dio un golpe en una pierna que se la descolocó.
            A Lis casi le da un pasmo cuando vio la pierna de “Ita” colgando. Hasta le pareció que lloraba, y de la pena que le entró, no podía articular palabra. Salió corriendo a buscar a su papi, que era el que con su saber hacer, la sacaba de todos estos “telares”. Su padre la consoló, le puso la pierna a “Ita” en su sitio, y luego Lis se la vendó, le puso por encima otra venda de colorines y le pidió por mil, perdón.
                        Cuando a “Ita” le dejó de doler, Lis siguió leyendo su carta, y hasta le pareció que sonreía. Luego le dio su opinión y Lis le decía:
            _La gente no se fía, pero ¿verdad “Ita” que me quiere un montón?.
            Lis miraba a su muñeca embobada y de pronto le pareció que los ojos de “Ita” se movían y en el hombro le puso su tirabuzón.
            Esa noche Lis durmió con su muñeca, le puso algodón debajo de la pierna, le colocó los tirabuzones y con un beso, le encargó que no se olvidara de Blas, y que si soñaba, le enseñara también a él a soñar.
            El mes de julio volaba y despertando la última semana, tuvo Lis una visita inesperada en un día que en principio era un día como los demás. Allá a lo lejos... ¿Veía o soñaba?. Llegaba el coche de Blas. Lis no daba crédito a lo que veía. Se miró y miró otra vez a lo lejos. Y ya no era tan lejos, porque quien se estaba bajando del coche era Blas.
            En un segundo estaba abrazado a él sin dejarle respirar. Después se vio no muy bonita y un tanto despeinada y se enfadó y se cabreó y hasta se puso colorada.
            Pero Blas le llamó ¡bonita! Y le dijo mil cosas lindas, que hacía un tiempo no escuchaba. Así que, un poco coqueta, trató de arreglarse el pelo y disfrazar como pudo su pantalón y su ya un poco vieja, camiseta.
            La gewnte los veía y se reían. Blas, que era muy comedido, trató de guardar las formas lo que pudo, pero Lis era un torrente y aquel momento, no se lo quitaba a ella ni el mismísimo sol, por mucho que el sol fuera su amigo y estuviera de ella pendiente.
            Blas se quedó unos días y además de él, le traía un regalo. Un regalo con una flor, que Lis escondió en su corazón, que de repente se abrió y con voz emocionada, sus labios casi juntos, así su amor susurraban:


AMOR...
 


                         Ahora se calla el viento
                        y bajito dice mi corazón,
                        úsalo de instrumento,
                        amor de aquel gorrión
                        que quiso cantar lindo; en tu balcón.

            Al día siguiente por la mañana, Blas le dijo a Lis que aquello se tenía que arreglar, que tenían que terminar los viajes y las separaciones, que su amor, ya de una vez, tenían que juntar.
            Lis ya estaba en ello, pero aquello que nunca lo ves llegar y cuando llega, un poco sorprendida dices:
            _Anda, esto no sabía que iba a pasar.
            Y dicho y hecho. Cogieron un calendario y juntitos los dos, empezaron a seleccionar fechas, para aquel día que Lis no llegaba a imaginar (y sería por imaginación), porque nunca pensó que su amor y el de Blas, se iban a juntar de una manera que no fuera material.
            Ella estaba convencida de que a Blas, toda aquella parafernalia le daba igual, pero... Y como siempre hay un pero. Ella no lo tenía tan claro, porque a lo mejor daba igual, pero... La imaginación de Lis tenía muchos peros y, ese, traía a mal traer a Blas.
            Dejaba hacer y decir a Blas, pero no encontraban ninguna fecha que les pareciera ideal, hasta que un mes de aquella página se iluminó y Lis pensó que siendo aquella, no le podía fallar.
            Quedó fijada la fecha y fue la primera vez que Lis oyó decir a Blas aquello de “nos casamos”. Tan raro le sonó, que corrió a contárselo a “Ita” y le pareció que con una sonrisa socarrona se reía de ella. Tan mal le pareció que le quitó el algodón de debajo de la pierna, y entonces “Ita” se quejó (o por lo menos, a Lis se lo pareció). La nube de su almohadón la riñó y Lis se angustió y lloró. Entre las dos la convencieron de que tan bueno era loque pensaba Blas, como lo que pensaba ella, pero también las dos le dijeron:
            _Lis, haz lo que quieras, pero abrevia porque el tiempo pasa y Blas se va a cansar de esperar.
            Cerró los ojos y los volvió a abrir, dejó de llorar y se puso a pensar. ¿Sería verdad?.
            No se paró mas y salió como un torbellino en busca de Blas. Blas estaba mirando a ver por donde se había ido, y averiguando por donde volvería a aparecer, cuando un torbellino de pelo y brazos se le cayó encima. Con un motón de besos y abrazos, Lis le dijo que si eso, podían casarse ya, sin esperar a que se le iluminara otra vez el calendario.
            Blas se sorprendió, un tanto, pero por otro lado, a esas alturas, ya estaba el “pobre” también un tanto acostumbrado.
            Aquella noche se lo comunicaron a la familia de Lis. Y yo creo que algunos respiraron. ¡Por fin! Alguien iba a hacerse cargo de aquel terremoto que les había alegrado la vida, pero que también querían que alguien la cuidara. Al minuto siguiente también alguien se puso triste, porque aunque no del todo (porque del todo nunca se marcharía), pero ya Lis iba a tener otro hogar con unas obligaciones que mucho se temían que nunca se las había imaginado, ¡ni siquiera se las habían enseñado! Con sus dotes de soñar.
            Pero Lis era feliz y eso era lo que importaba. Fue la primera vez que vio a Blas contento con su familia y pensó:;
            _Esto de casarse debe ser algo mágico, porque a lo que antes parecía una tragedia, casi le quitan la parte de lo trágico.
            Y así, entre comida, vino y copas, se pasó la noche.
            A la mañana siguiente se levantó temprano, se pintó demasiado (Lis no estaba acostumbrada a pintarse ella sola) la cara, tanto que el lucero de su rincón se deslumbró, “Ita” le echó una bronca y el algodón de su almohada se la limpió. Cuando ya se empezaba a enfadar llegó su amigo el sol y le dijo:
            _Déjanos a nosotros, que te vamos a pintar y a peinar, y quedarás como el mismo sol.
            Lis se dejó hacer, o al menos eso creía ella y cuando Blas la vio aparecer, a poco se cae del sofocón. Con sus pantalones vaqueros y su blusa de colorines, se puso los zapatos, cogió el bolso (eso si, antes se aseguró de que llevaba en él, un rayo de su sol), le dio un beso fuerte a Blas, se cogió de su brazo y se fueron a comprar. Eso si, antes tuvo que darle un empujoncito a Blas que sin decir ni pio, se había quedado “atascao”.
            Aquel día no compraron noñerías, ni historias ni filosofías de las que le gustaban a Lis. Compraron dos hermosos anillos para sellar su alianza. Eran tan bonitas, y brillaban tanto, que a Lis le parecían un sueño, sueño del que se iba a despertar abrazada a Blas y ya juntos en su nuevo hogar. Se despertó si, pero de golpe, con el pellizco que le dio Blas. ¡No se había enterado de nada, desde que los anillos habían empezado a brillar!.
            Blas las pagó, Lis las miró, las remiró, las metió en una caja, abrió el bolso y le dijo al rayo del sol que las envolviera y las cuidara, ¡no se fueran a rayar!.
            El dueño de la tienda estaba un poco atónito; pero estaban en la tierra de Lis y un poco la conocían ya, y también sabían que viniendo de ella, nada, nada podía considerarse anormal.
            Luego lo fueron a celebrar, y Lis le enseñó a Blas todos los sitios de vinos de su ciudad. ¡Lo que disfrutaba!, de aquellos vinos, y de sus amigos, q los que ella sabía encontrar.
            A Blas ya lo conocían y algunos lo miraban con cierta envidia, y más que le ponía Lis con las carantoñas que le hacía.
            Después del tercer, o, cuarto vino, en un aparte que pudo, Blas cogió a Lis y la desapareció del montón de amigos. La llevó a un sitio mas tranquilo y entre beso y beso, le dijo:
            _Mañana, vas a conocer a mi familia.
            Lis al principio no entendió bien, y volvió a lo suyo, que era el beso que le daba Blas. Pero éste la separó, la sentó en sus rodillas y se lo explicó mejor.
            De repente, a Lis le pareció que se le rompía el suelo y se le caía la cabeza. No entendía, el por qué tenía que ser aquello tan enredoso. De repente también vio que su bolso se abría y una sonrisa grande su rayo le dibujaba.
            Entonces entendió que aquello era verdad y en ese momento adoptó tal seriedad, que hasta Blas se asustó y palabra por palabra empezó a buscar, haber si había dicho algo que estuviera fuera de lugar.
            Cuando Lis vio que no había mas remedio, aceptó la visita, hizo los honores a la familia de Blas, y entre unos y otros zanjaron la cuestión y quedó la boda preparada para cuando Lis y Blas dispusieran, y ese día, sería una fecha memorable y también daría fin y comienzo a una linda ilusión.
            Aquello fue lo que menos le gustó a Lis. Ella no necesitaba que nadie le organizara nada. Solo admitía en su vida a Blas, a sus particulares amigos; a sus otros amigos, los mas reales y los consejos de alguien muy querido para Lis (Lis tenía una persona muy especial , que estuviera cerca o lejos, era su mejor puntal), que lo que le decía, era oro de ley para ella y ni siquiera lo discutía.
            Así se acabó el verano y las vacaciones. Y hubo que volver al trabajo. Esta vez era un trabajo distinto, visto desde un punto de vista diferente, porque aunque ahora empezaban separados, sería por poco tiempo. El tiempo necesario para que las cosas estuvieran a punto, para que la gente se preparara y para que ellos dos empezaran a arreglar su casa. Una casa que ya tenían, pero que la imaginación de Lis tenía que decorarla.
            Era una casa como cualquier otra, pero a Lis se le antojaba bonita y grande, con unas paredes que adornar y con unos rincones en los que se prolongaba la roca que ellos dos tenían allí cerca, y que por tanto también los podía visitar el mar.
            Aquellos días se afanaron en colocar su casa todo lo que su imaginación y el dinero les permitió, y entre cuadro y cuadro, plato y plato y mueble y mueble, Lis escribía lo que su corazón le transmitía.


 
                   EL AMOR............. SOÑABA


                                   Terminaba el ruido al fin
                                   cada cosa a su lugar,

                                   el amor debía soñar
                                   con las flores del jazmín.

                                   Una reina en el jardín
                                   se encargaba de regar,
                                   palitos hay que quitar
                                   y en su lugar, un mimín.

                                   Y como el oro brillaba
                                   todo lo que se veía,
                                   con guirnaldas se adornaba.

                                    Una estrella relucía
                                   y otra que se acurrucaba,
                                   en sus brazos se dormía.
            

                                                                   Lía
           
            

domingo, 17 de febrero de 2013











                               CAPÍTULO QUINTO         
        


        
        

                                   Trabajo para olvidar
                                   lo que dice el sentimiento,    
                                   y una nube allá en el mar
                                   en su algodón, guarda el cuento
                                              
                                                                       Lía








                                                El tiempo pasó y pasó y un día...
            Así empezó a pasar y a pasar el tiempo. Lis se convirtió en toda una ejecutiva. Trabajaba toda la semana, todos los días. Tenía pocas amigas (más bien Lis tenía amigos), y ahora se dedicaba a otras cosas cuando el día se terminaba. Y ¿a qué cosas?:
            *A pasear por la orilla del mar, y cuando llegaba al puente que tanto le recordaba a Blas, ni lo miraba. Daba la vuelta, porque nunca fue bueno mirar para atrás, y otra vez ajustaba el pensamiento a su soñar.
            *Le contaba a su amigo el sol lo que le había pasado durante el día, y le encargaba que no se olvidara de arropar a Blas, porque aunque feo, triste y arrugadito, alguien lo tendría que cuidar.
            *Buscaba el río al atardecer y chapoteaba por la orilla, donde se mezclaban sus lágrimas con la fina piel de alguna anguila, que la miraba embobada y, con la cola le hacía alguna pamplina.
            También iba de tiendas y compraba lo que le parecía. Más que nada por pasar el tiempo, porque en aquella época , también el tiempo era su amigo.
            Y de tienda en tienda, un día, algo le llamó la atención. Era una caja de color naranja que tenía pintado un montón de cosas que ella muy bien no entendió.
            La miró, la hojeó y la compró. Y saben lo que había dentro...¡Un secador!. Sí sí, un secador de pelo. Lo llevó para casa, lo montó y lo desmontó. Se rieron de ella lo quisieron, y hasta se rió su amigo el sol, que le decía de un modo muy socarrón:
            _¿Para qué quieres ese trasto?. A ti, siempre te he secado el pelo yo.
            Y era verdad. Lis no tenía secador de pelo, porque se lo secaba y se lo dejaba brillante, su amigo el sol.
            Pero Lis era así, y eso tenía poca solución.
            Al anochecer se iba para casa, abría el portal, miraba el buzón ¡por si acaso!... Triste cogía el ascensor y triste se iba a su cuarto, hasta que su amiga la nube la limpiaba su mal humor. Se asomaba a la ventana y con sus manos, cogía la nube y acariciaba las estrellas, que se dejaban mimar por alguien que era muy especial para ellas.
            Luego llegaban los luceros que ya no tenían sirio en la roca, porque la roca y su playa, se habían quedado lejos, muy lejos, tapados por esa arena que en su día había estado radiante y ahora no era más que eso, un trocito de tierra.
            La sirena se había ido al mar. Y desde allí le mandaba mensajes, mensajes que solo Lis sabía captar, y que se los devolvía con los luceros que por la noche la venían a visitar y en su cola, Lis ataba un pañuelo para su amiga la sirena del mar, por si algún día quería y le hacía algodones con su lindo pelo.
            Lis después se dormía, mecida por las olas que la sirena y el mar le enviaban por medio de los luceros. Y se imaginaba en una ola alta, cerca, muy cerca del cielo, donde estaba la Reina, en un trono de roble ligero, rodeada de rosas, claveles, camelias, jazmines y margaritas cuidadas por un especial jardinero, que le hacía un huequecito a Blas, y desde allí, Blas, su Blas, le decía: ¡Te quiero!. ¡Mucho te quiero!.
            Así pasaba la noche, soñando y oyendo a Blas cantarle ¡cuánto te quiero!. Y cuando llegaba el sol, se despedían los luceros, hasta la noche siguiente, si Lis no reñía, y entonces, hasta se ponían serios los astros del universo.
            Cuando abría los ojos a la mañana, buscaba a Blas, pero Blas se había esfumado. Se lo había llevado un lucero para traérselo otra noche y vivir soñando con otro mensajero.
            Pero si estaba su amigo el sol que le decía radiante:
            _Levanta perezosa. Hace rato ya que te espero. ¿Con quién soñabas?. Tenías en tu cara una sonrisa preciosa.
            Lis se acordaba de ... Y se renegaba, y renegaba de todo lo que había a su alrededor, pero luego se levantaba, se vestía, se peinaba, y el sol le ponía en el pelo un prendedor. Y así, linda y bonita, con su radiante prendedor, salía de mañana algo dormidita a trabajar, y en el bolso llevaba un rayo de su amigo el sol.
            Después volvía ya tarde y otra vez a pasear, y... y otra vez la noche, y otra vez vuelta a empezar.
            Así pasaron muchas horas, muchos días y unos pocos meses. Hasta que harta ya de todas estas tonterías pensó:
            _¿Y por qué no lo llamo por teléfono?. Pueden pasar dos cosas:
            1ª Que no lo coja.
            2ª Que si lo coge, me escuche, pero no quiera saber nada, y me diga que no. ¡Pero que me lo diga a mí!. El asunto es entre él y yo.
            Y ya en el caso más grave, puede ser que no me vuelva a hablar nunca más. Pero para saberlo hay que intentarlo. Prefiero que me lo diga a mí y no a los demás. Y como Blas es tan cabezudo, nunca dará su brazo a torcer y nunca me llamará. Así que lo llamo yo.
            Y dicho y hecho: Iba a coger el teléfono, pero se acordó en un “Plis” de “Ita”, su muñeca. Hacía miles de tiempos que Lis no se acordaba de contarle cosas a su muñeca. La vio allí sentada en la cama, olvidada de todos, como un objeto de adorno, pero que no sirve para nada. La cogió, la acarició, la peinó, le colocó el vestido y al punto la informó de lo que pasaba. Le contó las cosas que le había hecho Blas, las que le había hecho ella a Blas, el lío que tenían entre los dos y también como era Blas. Y cuando ya no quedaba nada que contar, Lis se la quedó mirando, esperando un consejo o algo que le quitara un poco la sal que le había dejado el disgusto, y secara las lágrimas que le enseñaba su espejo, con un mucho de sorna y un poco de gusto.
            En esto, le pareció a Lis que su muñeca hablaba y se apresuró a escuchar:
            _Llámale y no seas tonta. ¿Desde cuando te has parado tú a pensar?. Muchas cosas se pueden arreglar de inmediato, y las otras, el tiempo, vas a ver como las va a cambiar.
            Lis se quedó mirando para su muñeca boquiabierta. Le dio un sonoro beso, la volvió a colocar en la cama, le arregló los almohadones y cogió el teléfono.
            Estaba temblando y agarrada a “Ita”, cuando escuchó la voz de Blas. Casi se cae del susto, pero eso, lo vieron “Ita” y ella y nadie más. Pero también Lis era decidida y pensó:
            _A lo hecho, pecho.
            Y después de los saludos de rigor, arregló como pudo (más bien le obligó) una cita con Blas.
            Al día siguiente se verían donde siempre, como amigos, a discutir un asunto que tenían pendiente.
            Esa noche se acostó tempranito, repasó todo lo que le iba a decir a Blas. Se sabía de memoria un largo escrito que había preparado, hasta con palabras técnicas, que su amigo el sol le había soplado.
            Cuando se convenció de que ya lo sabía, se abrazó a “Ita”, Le prometió que nunca, nunca la volvería a olvidar, le guiñó un ojo a su estrella, la arropó su lucero y tomó posición en su habitación para que no se quedara a oscuras. Porque Lis pensaba que si se quedaba a oscuras la habitación, no podría contar las filadas de estrellas que al cerrar los ojos veía, y que según creía, venían a decirle: ¡Buenas noches y hasta mañana, princesa!.
            Así se durmió y soñó...¿Cuántas cosas soñó Lis aquella noche!. Soñó que paseaba de puntillas por encima del agua de un río y se acababa el agua. Soñó con un prado verde lleno de margaritas que se apartaban a su paso y entrelazaban letras que formaban un camino, y el camino acababa, y las margaritas se iluminaban.
            Soñó con el mar y su sirena, que con su cola, le apartaba las olas, y le mostraba un sendero que acababa en las rocas donde estaba sentado Blas, en una piedra que sujetaban las estrellas y que miraba a un lado y a otro esperando ver a...la más grande, a la más linda y , de todas, todas... a la más bella.
            Y soñó tantas cosas bonitas, que casi no tuvo horas la noche para tanto soñar. Pero es que a Lis, le ayudaban a soñar las nubes y los luceros que cuidaban su noche, su dormir y su descansar; y también el dormir de su querida y linda muñeca.
            Y así llegó la mañana, y prontito se fue el lucero, que la dejó en compañía del sol. Lis abrió los ojos y los volvió a cerrar, se había ido el lucero, pero en la puerta estaba el rayo de sol pidiendo permiso para entrar.
            Estaba adormilada, con su cabeza apoyada en la almohada y su pelo negro, reluciente ondeaba en la nube en la que estaba apoyada.
            Repasaba las cosas que soñó, y de pronto, vio la roca de Blas. Estaba sentado mirando al mar, y le parecía que a alguien esperaba...
            De pronto se dio cuenta. ¡Si ya es de día!. Se enfadó con el despertador que no hacía ruido, con la campana que no sonaba y hasta con el agua que se durmió en el río. Su amigo el sol la consoló, la ayudó a arreglarse, le peino el pelo, le brilló las puntas, le planchó el pantalón, le puso carmín en los labios y le animó el corazón.
            Así dispuesta se fue a trabajar, y mientras trabajaba, pensaba en la tarde que tenía que llegar. Como podría mirar a Blas sin que se le arrugara el ojo, como le podría hablas, y como podría cantarle al oído despacito, sin que le oyera nadie, bajito, muy muy bajito, aquellas sonatas que su amiga la sirena le había preparado, y que le trajo del infinito rincón más profundo del mar.
            Esto último lo deshechó porque se imaginó que Blas no estaría para oir sonatas, pero del todo no lo olvidó. Ya llegaría el día en que oyera cantar, y ese día, ¿llegó...?.
            Así fue pasando el día, casi ni comió. Menos mal que Lis también se alimentaba mirando al mar, Y lo tenía tan cerquita... Sus amigos los luceros le daban el pan, y las nubes le ofrecían una sopa rica, que juntaba a los pececillos del mar y que a Lis le parecía el mejor manjar.
            Hasta el café se lo imaginaba, y dirán ustedes; ¿De dónde lo sacaba?. ¿Se acuerdan de las estrellas que veía Lis?. Bien, pues alborozadas juntaban sus puntas, bailando encima de una porcelana blanca, y el sol con un guiño, calentaba aquella danza, y se la ofrecían a lis, para que su mente quedara limpia, lisa y bien alimentada. ¿Se pueden ustedes imaginar comida mejor preparada?.
            Pero llegó la tarde y con ella Lis dejó de soñar. Se avecinaban horas duras; ¿Cómo saludaba a Blas?. ¿le decía ¡hola! Y ya está?. No le parecía lógico ni mucho menos, pero con el tiempo que llevaba sin verlo, y las tonterías que había hecho, tampoco le parecía prudente ir allí con más remilgos. Y pensando y pensando, llegaron las siete. Se hizo la remolona cuando vio a lo lejos a Blas. Habían quedado cerca de la bahía, y los pies se le enrebujaban y no hacía más que tropezar.
            En su bolso llevaba el rayo del sol, que le ayudaba a caminar y que también se reía porque Lis se iba poniendo roja, cada vez más.
            Y llegó el encuentro, y las cosas fueron más fáciles de lo que pensó. Blas le dio un beso y le dijo: ¿Qué tal?. Lis abrió tres veces los ojos y cuando los iba a cerrar, con el rabillo, vio una cara traviesa, y oyó una risa con un algodón detrás , y se dio cuenta que aquel cambio era obra de la espuma del mar, que detrás de ellos, hacía cosquillas con el agua que llegaba y salpicaba la cara de Blas.
            Más contenta y menos tiesa, se abrazó a Blas y casi sin respirar le contó los malos días pasados, y lo que sus amigos le habían ayudado, y también en cuantas veces había pensado desaparecer e irse a otro pueblo, pero a última hora, siempre tenía a “alguien” que la convencía, la ponía otra vez en el suelo y le explicaba donde estaba y lo que hacía su querer.
            Blas no se extrañó mucho, porque ya conocía a Lis, y también conocía su imaginación, y también sabía que cuando Lis abría su corazón, salían hasta luceros que le acompañaban y hacían el camino de vuelta con él. ¡O al menos, eso era lo que decía Lis!.
            Se cogieron de la mano y pasearon su amor camino arriba de la bahía, y no sabía muy bien si eran sus amigos los luceros, que sonreían, pero miraban el agua, y hasta el agua relucía.
            Lis aprovechó y sacó su amor escondido. Le cantó a Blas sus sentimientos al oído. Escuchó el arrullo del gorrión y se lo enseñó a Blas, y en sus manos lo acunó muy calentito, y con su imaginación voló y juntó su querer y su amor, y así mismo, lo puso delante de Blas, para él a su disposición.
            Blas se estaba acostumbrando a estas manifestaciones, y eso a Lis la tenía algo preocupada. Conocía el modo de pensar de Blas, pero de eso, a que se acostumbrara...
            Juntos llegaron a casa de Lis. La noche había cubierto de estrellas su velo y su manto. La luna se había escondido para no molestar, y una estrella fugaz, pasó embalada delante de la pareja, que al percatarse de su amor, dio marcha atrás, viró y con su cola iluminó la carita de Lis que embobada, miraba a Blas con una sonrisa, y con sus mejillas arreboladas le susurraba un ¡te quiero! al mismo tiempo que se soltaba una lágrima, ¿de dónde?, de la nube que envolvía la ilusión de Lis y de Blas.
            Después se fue a su casa, a cenar, dormir y saltar. A contar su ilusión a su gente,  a sus amigos, los que Lis imaginaba en su ventana, abierta o cerrada, o tras aquel lindo cristal. Cenó y contó su querer a su gente, y luego se encerró en su querido lugar, en aquel lugar donde le esperaban sus amigos, los que la habían, desde pequeñita, enseñado a soñar.
            Lis miró a “Ita”, que le sonreía desde el cojín que le arreglaba todos los días su amita. Le dio un beso y le contó... todo lo que le pasó en su tarde tan especial. A su lado colocó su ropa, con un encargo muy personal:
            _Cuídamela mientras duermo, que hoy tiene el olor y el cariño de Blas.
            “Ita” se quedó atónita. Ella ya cuidaba todos los días la ropa de su amita, ¿por qué aquel encargo?. Se puso a pensar, y pensando y pensando, le pareció que aquel día, la ropa de su amita era muy especial.
            Y no se equivocó. Lis no pensaba ni siquiera lavar la ropa, para que no se le fuera el olor. Ahí si que “Ita” se preocupó.
             Se quitó el prendedor del pelo que le había puesto su amigo el sol y lo dejó en la ventana, por si a la mañana se lo cambiaba por un ruiseñor. Se perfumó, se metió en la cama y soltó el pelo encima de la nube de su almohadón. Al punto acudieron las estrellas para peinar y hacer hilos con su melena, hilos que pasaban por encima del edredón.
            Cuando ya estaba a punto de dormirse y los luceros habían iluminado su rincón, se acordó de algo que le empezó a dar vueltas y que en su cabeza se instaló:
            ¿Por qué aquella tarde no habían hablado de nada del tema que los alejó?
            Como no supo contestarse, se lo preguntó a la nube de su almohadón, que se quedó boquiabierta y empezó a buscar a alguien que le buscara respuesta, y encontró a los luceros alegres en su rincón. A ellos les pasó la pregunta y con un poco de sorna y un mucho de atención, le contestaron:
            _¿por qué buscas respuesta a lo que no tiene contestación?. Si no lo habéis hablado, es para que no perdáis la ilusión. Duérmete y ponte a soñar tu vida, que para cuidarte, estamos nosotros en el rincón.
            Lis abrió la boca, la cerró y no contestó, porque también conocía a sus amigos, y sabía que ahora, tenían razón.
            Así que se durmió tranquila, pensando en quien esa noche le pondría bonita su imaginación.
            Y ¿se imaginan ustedes quienes llegaron en cuanto cerró sus ojos?. Todos sus amigos intentaron limpiar su vida, pusieron bonitos sus ojos, le enseñaron perlas lucidas y apartaron de su camino, todo lo feo, y también los matojos.
            Esa fue una noche feliz, en la que no hubo lugar para malas interpretaciones. Veía a Blas en su soñar, como alguien poderoso, que no era como sus amigos, tampoco se reía como ellos, ni siquiera era tan cariñoso; pero para ella tenía un imán que completaba su vida, y la bajaba a la tierra, cuando la imaginación se iba y se le iba hacia fuera.
            Cuando el sol la despertó por la mañana, Lis veía la vida de otra manera, tenían interés las cosas y otra vez volvía a estar feliz en su mundo, en aquel mundo donde Lis vivía imaginando quimeras.
            Así cerró aquel capítulo de su vida, en el que el tiempo se le antojó largo, largo como una enredadera que no tenía flores, y tampoco servía para recordar, más bien era un trapo arrugado que mal se cortó con una tijera.
            Pero lo arrugado, alguna vez, estuvo liso y bonito y cuando se arruga por alguna causa fue, y esa causa sirve para aprender. Aunque a Lis no sé, no sé... Ella no entendía esas cosas y por eso tampoco entendía mucho, que tuviera algo que aprender.


                                                  UN BRILLO
 


       Después de la marea
       un rayo de luz en el horizonte,
       luz que brilla y recrea,
      subiendo hasta el remonte
     y allá arriba en la cima; besa el monte.

                                                 Lía